No tengo tiempo para orar. Estoy muy cansado y no puedo orar. Siento pereza para orar. ¿Quién no ha escuchado o ha dicho alguna de estas afirmaciones con respecto a la oración? Lo más serio es que estas circunstancias se pueden convertir (sin proponernos) en excusas que nos mantendrán posiblemente, semanas, meses y en el peor de los casos, años sin orar. Entendiendo que la falta de oración, trae consigo consecuencias lamentables, porque ”separados de mi, nada podéis hacer” decí­a Jesús.

Si es nuestro caso y deseamos salir de ese estado de apatí­a, enfriamiento espiritual y conformismo, entonces debemos trazar una li­nea y desde allí­ empezar a cambiar nuestra actitud con respecto a la oración. (Aun si lo hemos tratado anteriormente) La interrogante entonces será: ¿cómo empezar a orar?

Para empezar debemos ser honestos con Dios.

Entra a tu habitación (solo tu) y con tus propias palabras reconoce tu falta de deseo o el poco esfuerzo que has hecho por orar. Cuando lo hagas, estarás ORANDO con Dios, porque la oración, en cierta manera, es una conversación con Dios. Una conversación sincera. Si no sabes las palabras que debes decir; encuentras un poco de dificultad para empezar o sientes el ambiente un poco “frío”, puedes poner un poco de música instrumental o de adoración. Esta, te puede ayudar a preparar tu corazón, te predispone, te facilita y te invita a hablarle a tu Dios.

Cuando menos lo pienses, estarás sumergido en su presencia, quizás llorando, sintiendo gozo, descanso o paz (o quizás todo al mismo tiempo). Y aunque en el primer intento no llegues a experimentar esta presencia, trátalo hasta que Dios te visite. Y cuando esto suceda, le habrás sacado provecho a la misericordia de esa mañana.